Mujeres en el Donbass: las otras ucranianas

Iturria: Pikara Magazine (2016-I-26).

Las imágenes de hermosas activistas envueltas en banderas nacionales en la plaza de Maidán o las de las ancianas llorando han dado una visión reducida y estereotipada del rol de las mujeres en este conflicto. La población femenina está activa en todas las estructuras de guerra, incluidas las milicias populares.

Irene Zugasti Hervás

Imágenes y reportaje realizados durante la Caravana Humanitaria a Donbass de mayo de 2015.

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Cuartel General de Donetskiy, República Popular de Lugansk./ Comitatto per il Donbass Antinazista

Cuartel general de Donetskiy, República Popuar de Lugansk/Comitatto per il Donbas Antinazista

Pasear por Alchevsk, en la autoproclamada República Popular de Lugansk al este de Ucrania, inspira más desasosiego al pensar en su futuro que en su pasado reciente. Es una ciudad industrial, pequeña, abrazada por una descomunal acería que enmarca el horizonte con enormes chimeneas. La industria pesada, tan simbólica del pasado soviético de la región, era paradójicamente su pulmón, hasta que la guerra rompió los cristales de sus ventanas.

Las ancianas del lugar, con sus pañuelos bordados de flores anudados al cuello, hacen fila en el comedor de caridad improvisado por las milicias en un edificio destartalado. Ellas son mayoría en esa ciudad del silencio, que forma parte de la región del Donbass que controlan las milicias con amplio apoyo popular y que injustamente se ha dado en llamar a secas pro rusa, con el ánimo de hacer de esta guerra, como de todas las guerras, un conflicto en blanco y negro, enterrando todos los matices grises. Ellas cargan sus tarteras en bolsitas de tela y se arrastran pasito a paso de nuevo a través de las desiertas avenidas. En Alchevsk no llega el dinero de las pensiones desde el verano pasado. Con el exilio masivo de la juventud, el alistamiento y el alcoholismo haciendo estragos en la población, son ellas, las jubiladas, las pobres, las peor paradas de esta guerra.

Una vecina del comedor popular de caridad de Alchevsk. - Foto de Edurne Batanero

Una vecina en el comedor popular de caridad de Alchevsk (Argazkia: Edurne Batanero)

La guerra civil que se libra en el este de Ucrania es sin duda uno de los conflictos más injustamente tratados en el circo de las relaciones internacionales: manipulada por oscuros intereses geopolíticos, despreciada por los medios de comunicación y sin cauces oficiales para la ayuda humanitaria, la guerra del Donbass sigue cobrándose muerte y silencio.

Cynthia Enloe, académica pionera en abrirse camino en las Relaciones Internacionales desde el feminismo, se preguntaba hace veinte años dónde estaban las mujeres cuando se hablaba de diplomacia, de guerra, de Estado. Desde entonces, una escuela apasionante se ha construido en torno a esa pregunta.

¿Dónde están las mujeres en Ucrania? Si Enloe planteara esa cuestión hoy, probablemente las mujeres del Donbass no figurarían entre las respuestas. La visibilidad femenina en este conflicto se ha limitado a las imágenes de hermosas activistas envueltas en banderas nacionales ucranianas en la plaza de Maidán, al más puro estilo del estereotipo de feminidad normativa eslava –muy atractiva para el mercado del sexo internacional-. Rubias de enormes ojos claros, jóvenes, frías, iconos de las ansias de modernidad que tan bien han funcionado en la propaganda de la franquicia ucraniana de activismo Femen como transmisoras de liberación, aunque no se sepa exactamente de qué se liberan. La otra imagen más recurrente si pensamos en Ucrania ha sido la de las mujeres victimizadas, las ancianas llorosas, las mutiladas por los bombardeos, padeciendo el dolor de la guerra en sus carnes, arrastrándose en silencio entre las casas destruidas.

Decía Carol Cohn en su impecable libro Women and Wars que había que saber huir de la dicotomía de víctimas y verdugos, (una dualidad tan sexualizada) si se quiere abordar un conflicto bélico. La mujer es la paz, lo doméstico, la violada, la protegida, el descanso del guerrero; el varón es el protector, el beligerante, el dueño del espacio público, el señor en todas las guerras. El rancio estribillo de “mujeres, niños y ancianos” para referirse al coste humano de una guerra es tan manido como falso.

A diferencia de otras guerras contemporáneas que ocupan portadas, en el bando del Donbass, el que los telediarios llaman prorruso, separatista y rebelde, no se lloran cadáveres. Su enemigo es el ejército regular ucraniano, que obedece a un gobierno instalado con patrocinio occidental (la llamada Junta de Kiev), presunto adalid de valores democráticos pese a contar con la extrema derecha ampliamente representada en sus filas a través de movimientos como Sector Derecho o Svoboda.

El ejército regular kievita está envuelto en incógnitas: desde movilizaciones forzadas a deserciones de jóvenes que huyen de la masacre en el Este, poco se sabe del funcionamiento real de una armada de reciente reestructuración, formada especialmente para esta guerra y en el que algunos de sus cuadros eran hasta hace bien poco hooligans y miembros de guerrillas paramilitares de ultraderecha.

Las milicias populares de Donbass se autoorganizaron al inicio de la guerra para defender sus territorios de la que consideran agresión imperialista para imponer la dominación de Kiev. Hoy, estas milicias controlan amplias regiones dentro de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk. Sería injusto negar que a este lado de la trinchera existen también diferentes corrientes e intereses, pero la fuerza del proyecto social, político y cultural que está construyéndose en torno a estas Repúblicas Populares no es mera propaganda. Es una fuerza que se siente nada más poner un pie en Alchevsk, en Kirovsk, en Stakhanov, en Krasnodon.

Las Repúblicas Populares (RP), que atraviesan hoy un complejo proceso de desarrollo, sientan bases en su herencia socialista, tiempos en los que la región disfrutaba su época dorada. Estos nuevos proyectos de construcción de Estado nunca hubieran fructificado sin la fuerza y el desarrollo de las milicias populares desde el principio de la guerra, que fueron el motor para el despertar colectivo. Paralelamente a su desarrollo militar, las RP han tejido redes políticas y culturales, pero también económicas con proyectos de nacionalización de los recursos naturales y de autogestión y cooperativismo en la industria y la agricultura local, acechadas siempre por la amenaza voraz de la oligarquía local.

Tatiana en el cuartel de Alchevsk./ Comitatto per il Donbass Antinazista

Tatiana en el cuartel general de Alchevsk/Comitatto per il Donbass Antinazista

Volvamos a Enloe, entonces. ¿Dónde están las mujeres en Donbass? Están activas en todas las estructuras de guerra. Desde el principio del conflicto, muchas se unieron a las milicias, tanto en combate como en el complicado entramado burocrático que les rodea. No ha habido problema en alistarse libremente en la milicia popular, aunque algunas se quejen de lo costoso de llegar a la primera línea del frente. Cuando viajas por la región puedes verlas: están en los checkpoints, en los cuarteles y los despachos, caminando entre los civiles, paseando con perros de rastreo y haciendo ronda en las calles.

Las milicianas que se han unido a las brigadas abarcan edades y experiencias muy distintas, pero su alistamiento, -voluntario-, cuando son preguntadas responde a una causa común: combatir al Gobierno que masacra a su pueblo. Se han generado experiencias como batallones únicamente femeninos. En Krasny Luch, en la región de Lugansk, 25 mujeres, de universitarias a jubiladas y mineras, comenzaron formando barricadas en las calles para terminar constituyendo un batallón al que se fueron uniendo posteriormente los hombres del pueblo. El batallón Rus, formado a finales de 2014 y compuesto enteramente por mujeres, es otro ejemplo. Una celebridad local es la capitana Nut, que está al mando de una unidad de artillería compuesta por 50 hombres en el batallón Oplot de Donetsk, tras dejar su trabajo de empleada en un casino. Hubiera muerto igual quedándose en casa, así que Nut aprendió a manejar artillería pesada y fue ascendiendo en la estricta jerarquía de estas formaciones hasta tener medio centenar de soldados a su cargo.

Hace un par de meses caía asesinada en una emboscada Anna Aseyeva, jefa de Prensa de la brigada Fantasma, junto al comandante Alexei Mozgovoy, inseparables en su trabajo. La Brigada Fantasma o Prizrak, milicia con gran presencia que controla parte de la región de Lugansk, toma su nombre del hecho de que a menudo la dan por muerta, sin embargo, siempre aparece algún nuevo destacamento en la región. Esta brigada es el alma de la milicia y ha generado una organización cuyas redes superan con mucho lo militar y se insertan en la vida cotidiana de muchas ciudades. Quizá por eso, el reconocimiento póstumo a Anna fue unánime: quienes conocían el día a día de esta guerra sabían que su labor era imprescindible, o todo lo imprescindible que puede ser una sola persona en medio de una guerra.

Escuela Pública de Alchevsk, celebración del 9 de Mayo – Foto de Edurne Batanero

Escuela Pública de Alchevsk, celebración del 9 de Mayo (Argazkia: Edurne Batanero)

Desfile del Día de la Victoria, Alchevsk./ E. Batanero

Desfile del Día de la Victoria en Alchevsk (Argazkia: Edurne Batanero)

El día a día en una guerra no es como lo cuentan las películas de cine. Hay turnos eternos en los puestos de vigilancia; días enteros conduciendo arriba y abajo por carreteras vacías, tareas cotidianas que se llevan con hastío y horas que pasan lentas, muy lentas, esperando. Ellas han de compartir puestos de guardia y rondas nocturnas con una mayoría masculina; también camastros, duchas, quehaceres diarios. Esta es una experiencia que no es ajena a las mujeres del lugar: En una sociedad militarizada como la exsoviética, la militarización se traslada a todos los ámbitos de la vida. En la escuela, las niñas y niños del colegio estatal celebran el día de la Victoria contra el fascismo, el 9 de mayo, escenificando bombardeos con tanques de juguete y cantando himnos militares. Saben bailar y marchar en pequeñas formaciones, se uniforman y depositan flores en las piras al soldado desconocido y desfilan por la calles con disciplina castrense. La historia de su pueblo es la causa de su presente, y son conscientes de ello.

En el parque central de la ciudad de Stajhanov una estatua dorada de una obrera industrial, con mono y herramientas, se yergue en una plazoleta. Otra obrera metalúrgica labrada en piedra recibía junto a su compañero a los visitantes a la entrada de la acería de la ciudad de Alchevsk. Las mujeres del socialismo soviético abanderaron las más dignas luchas y conquistas sociales, a menudo de la mano, y otras muchas frente a frente, contra sus propios compañeros.

En lo militar fueron pioneras: un millón de ellas combatieron en la Segunda Guerra Mundial, como las famosas aviadoras Brujas de la Noche, las letales francotiradoras que se convirtieron en celebridad local o las menos conocidas artilleras rusas. La URSS fue de hecho, el primer país en el que el aborto fue legal y gratuito. Parece que eso se le ha olvidado al feminismo moderno. De la imagen de la mujer compañera y camarada del socialismo –con todos sus claroscuros- se ha retrocedido a la figura familiar, la crianza y el culto a la belleza y la fragilidad en el país de los oligarcas y las princesas de largas trenzas, paralelamente a la entrada masiva del mercado del sexo y la pornografía, perseguidos (al menos públicamente) durante la URSS, en un proceso que Attwood llama la re-masculinizacion de la sociedad rusa. Las sociedades eslavas tienen estructuras profundamente patriarcales, elementos que el azote conservadurista del resurgir de la iglesia ortodoxa ha avivado aún más en las últimas décadas, sumido a las consecuencias de la crisis política y económica que la Perestroika supuso especialmente para las mujeres, a las que se les conminó desde las propias instituciones a volver a sus hogares y dejar sus empleos. Un patriarcado al que se ha querido señalar desde Occidente para justificar la aversión a lo ruso y lo que significa como amenaza siempre latente en geopolítica, pero que tiene muchos paralelismos con el que puede experimentar cualquier sociedad occidental.

Esta percepción de las cuestiones femeninas como domésticas y secundarias en algo tan público y expuesto como una guerra conduce a que existan cuestiones terriblemente minimizadas tales como la violencia sexual y la salud de las mujeres en tiempo de guerra. En el contexto del Donbass, se ha especulado con denuncias de violaciones y desapariciones de mujeres en los territorios en guerra que nadie quiere asumir y de las que poco o nada se sabe. El Gobierno de Donetsk, la otra república popular de la región, declaró haber encontrado los cadáveres de decenas de mujeres violadas y asesinadas por el ejército ucraniano, una información que ni la OSCE ni Human Rights Watch confirma ni niega pasado un año. También se han reportado denuncias de periodistas internacionales sobre las violaciones y torturas a mujeres cometidas por el Batallón Azov –destacamento voluntario de extrema derecha- en las prisiones militares de esta unidad, dependiente directamente del Gobierno de Kiev.

Pero una guerra es un antes, un mientras, y sobre todo, un después. Como en Yugoslavia, como en Afganistán, estos crímenes sólo tendrán alguna relevancia pasados los años, cuando el postconflicto destape la realidad de la devastación humanitaria y las consecuencias a largo plazo de una guerra que siempre padecen en mayor grado las mujeres. No nos olvidemos que está dejando miles de refugiadas, desplazadas y exiliadas de las que no se habla. El peso –invisibilizado- de la mujer en los periodos de posguerra y las labores de desarme, desmovilización y reintegración jugarán sin duda un papel crucial en este y otros conflictos híbridos actuales.

Mujeres guardan fila a las puertas del comedor popular, Alchevsk./ E. Batanero

Mujeres guardan fila en el comedor popular de Alchevsk (Argazkia: Edurne Batanero)

Pero hasta que esto suceda en Donbass, donde la calma tensa sigue siendo la norma, las tareas la voz de las mujeres activistas en Donbass tiene un poder especial: en la red circulan sitios cuya información, les ha hecho convertirse en referentes, las páginas a las que acuden miles de personas para llegar a datos distintos a los de la versión hegemónica. La mayoría de estos blogs y páginas de información pertenecen a mujeres residentes en las zonas de conflicto que asumen los riesgos de escribir para el mundo. Denya, alias Little Hiroshima, se ha hecho enormemente famosa con su blog sobre Lugansk. Era profesora de Filosofía en Moscú y viajera aficionada hasta que decidió hacerse cooperante en Donbass, alquiló una furgoneta y se marchó cargada de comida hasta allí. Pero no está sola: hay poetas, políticas, activistas humanitarias, periodistas. Escucharlas, leerlas, verlas, es acercarse a una guerra con perspectiva de género, abriendo sin duda nuevos enfoques e interpretaciones que no sólo rompen con el esquema hegemónico masculino, sino sobre todo, con la versión de los telediarios.

En estas guerras híbridas, las guerras de la posmodernidad, con nuevas actrices y actores, nuevos escenarios, pero con el reciclaje de viejos discursos y enemigos, con ecos antiguos, la participación femenina ha obligado a reconsiderar identidades y espacios -de eso saben bien en el Kurdistán-, porque ellas son las agentes activas que han sido tradicionalmente excluidas del discurso de la guerra o peor, instrumentalizadas para mostrar sólo el rostro femenino del conflicto en los términos que favorecieran la normatividad masculina.

Hoy, pasado año y medio del terrible verano del cerco a Lugansk, y viviendo su segundo “invierno del hambre” las cifras del conflicto que se manejan hablan de 9100 personas fallecidas desde que comenzara a contabilizarse las víctimas en abril de 2014. Más de un millón de personas desplazadas en Rusia y otro tanto en Europa. Concretamente, en los últimos seis meses contabilizados, en los que la región ha permanecido bajo el presunto alto al fuego fruto de los acuerdos de Minsk II, se han registrado 575 víctimas civiles en la zona de conflicto, con 165 asesinadas, la mayoría por morteros, cañones, obuses, tanques. Nadie se acuerda de aquel avión derribado, el MH17. Los pactos de Minsk son en realidad, papel mojado. El pasillo humanitario sigue sin abrirse. Hoy, hay otro enemigo, lejos de Donbass, en los telediarios.

Mientras, en la pequeña ciudad de Alchevsk intentan poner de nuevo en marcha la acería. Se camina con cuidado en los campos minados cubiertos por la nieve. La ciudad vecina de Kirovsk también intenta recomponerse: la maestra de una de sus escuelas elementales se acerca al vernos tomar fotos. Cuenta que miles de personas (20.000, de una población de 25.000 habitantes) se habían marchado lejos de allí en apenas un año. En su clase le preguntan cada día si la guerra ha terminado porque no quieren volver a correr al sótano cuando escuchan caer los grads. Y ella nos lo pregunta a nosotras, con gesto ansioso. ¿Qué dicen los telediarios de vuestro país? ¿Acabará la guerra?. En Kirovsk no quieren dinero, ni medicamentos, ni abrigo. Sólo quieren respuestas. Preferimos mirar al suelo antes que decirle que de ella y su futuro, en nuestro país, nadie dice nada.

Era una mujer alta, sonriente y brava, que nos despidió desde la ventanilla con la promesa de volvernos a ver. Se quedó ahí, en medio de la avenida, en Kirovsk, República Popular de Lugansk, tierra de olvido y silencio, agitando el brazo, mirándonos marchar. Al día siguiente, volvería a la escuela.

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