Testimonio de los sobrevivientes de Trelew en 1972 [audio]

Esta grabación forma parte del archivo del sonidista Abelardo Kuschnir quien guardó la cinta durante 40 años y la cedió a Alicia Bonet, compañera de Rubén Bonet, uno de los fusilados en Trelew la madrugada del 22 de agosto de 1972. Estos son los testimonios de María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar. El audio fue incorporado como prueba para el juicio contra los marinos fusiladores que fueron condenados 40 años después. Parte de este audio está en el documental “En Rawson y en Trelew, agosto siempre es memoria” realización de Mascaró Cine Americano.
Testimonios fundamentales para saber como fueron fusilados los 19 presos políticos en la Base Naval Almirante Zar el 22 de agosto de 1972. El terrorismo de Estado mostraba su mayor furia contra el pueblo argentino y ensayaba el genocidio que vendría 4 años después con la última dictadura cívico-militar en 1976.

Escuchar el audio pinchando aquí.

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El 22 de agosto de 1972 la Armada fusiló a sangre fría a los 19 guerrilleros que habían escapado del penal de Rawson y no alcanzaron el avión con que escaparon a Chile otros seis jefes fugados. Murieron 16 y los tres sobrevivientes consiguieron relatar lo ocurrido.


El ensayo de la carnicería, Por Miguel Bonasso

La masacre del 22 de agosto de 1972 fue el ensayo general de la carnicería al por mayor que las Fuerzas Armadas perpetrarían cuatro años más tarde. Un anticipo del terrorismo de Estado que causó espanto en la Argentina y en el extranjero, donde intelectuales de la talla de Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir o Julio Cortázar desmintieron la versión oficial del intento de fuga y difundieron el primer relato de los tres sobrevivientes, Alberto Camps, María Antonia Berger y Ricardo René Haidar. Allí, y en testimonios posteriores, como el que brindaron a su compañero Francisco Urondo en la cárcel de Villa Devoto, aparecen los hechos crudos, sin recargo de adjetivos. Y esos hechos desnudan una metodología -.el fusilamiento sin juicio de prisioneros desarmados– que los militares habían iniciado en 1955 y convertirían en macabra rutina a partir del golpe de 1976.
En 1993 entrevisté al general Alejandro Lanusse, que comandaba el Ejército y el gobierno de facto cuando se produjo la masacre. Era un Lanusse terminal, castigado por tragedias personales, al que los horrores perpetrados por los generales que lo sucedieron y las sagas de algunos periodistas cercanos habían convertido en una suerte de paradigma del militar democrático. Puse el tema de Trelew sobre la mesa y el anciano intentó derivar la responsabilidad de la masacre hacia algunos de sus subordinados de entonces, como el general Eduardo Betti, jefe de la Zona de Emergencia, que no habría cumplido la orden de restituir a los 19 guerrilleros fugados del penal de Rawson a la cárcel de donde se habían evadido. Cuando le recordé la famosa “responsabilidad de comando”, el viejo general intentó regresar a la mentira de 1972, el intento de fuga de los prisioneros. Cuando le dije que yo, personalmente, había visto en el maxilar inferior de María Antonia Berger la cicatriz del tiro de gracia que le pegaron aquella madrugada en la base aeronaval Almirante Zar, guardó un silencio expresivo y cambió de tema.
Aunque nunca se pudo probar, hay numerosos indicios de que la orden de fusilar a los guerrilleros fue emitida directamente por la Junta de Comandantes que conducía Lanusse. Además de los indicios, el contexto político de aquel momento abona la sospecha de la orden secreta: faltaban tres días para que se cumpliera el plazo que el Partido Militar le había puesto a Juan Perón para que regresara al país si pretendía ser candidato y aunque el líder justicialista había dicho que volvería cuando él lo creyera conveniente y no en esas fechas, es evidente que pretendían recordarle el riesgo que correría si retornaba de su largo exilio sin una negociación previa. También pretendían dar un escarmiento a esas organizaciones armadas, peronistas y no peronistas, que siete días antes habían protagonizado la espectacular fuga del penal de Rawson; una cárcel que hasta entonces se consideraba inexpugnable.
Fueran cuales fueran los motivos, los métodos asquean: los 19 guerrilleros (del ERP, FAR y Montoneros) que no consiguieron fugarse en avión a Chile el 15 de agosto tomaron sin rehenes el aeropuerto de Trelew y recién se rindieron a las fuerzas de Infantería de Marina que comandaba el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa, cuando este oficial, en presencia de un juez y periodistas, se comprometió a respetar su integridad física y devolverlos al penal del que se habían escapado. Pero la palabra de este “caballero del mar” valía poco: los llevó a la base aeronaval Almirante Zar, ubicada en un yermo desolado del que era imposible fugarse y allí los asesinó una semana más tarde, con la colaboración de otros secuaces que permanecen impunes como el teniente Roberto Bravo.
Los tres que contaron la historia: Berger, Camps y HaidarEn el proceso de ascenso popular que se dio con la campaña del “Luche y vuelve” y las elecciones del 11 de marzo de 1973, los mártires de Trelew constituyeron una de las banderas centrales. En mayo, cuando el gobierno de Héctor Cámpora liberó a los presos políticos, los tres sobrevivientesfueron aclamados por la multitud que los convirtió en “bronces”. Pero cuando se deshizo el gobierno popular y retornaron los militares, los tres se encontraron con el trágico sino que habían logrado eludir en el sur: María Antonia y el “Turco” Haidar desaparecieron para siempre y Alberto Camps fue abatido en su casa, combatiendo a la patota que venía a secuestrarlo. Para ese entonces ya todo el país era un gigantesco Trelew.


 

El día que fue infierno, Por Susana Viau

Era media mañana cuando por televisión informaron que se había producido un levantamiento en la base Almirante Zar, donde estaba detenido el grueso del grupo que pocas horas antes había intentado una evasión masiva del penal de Rawson. Todos estaban muertos; apenas tres, René Haidar, Alberto Camps y María Antonia Berger habían sobrevivido, con gravísimas heridas, a la masacre de prisioneros. Pese a los resultados, la fuga había obtenido buena parte de sus objetivos. Las figuras más importantes de las direcciones guerrilleras habían logrado escapar. Todos vieron las imágenes de la rendición, los abrazos conmovidos antes de la entrega de las armas, la marcialidad del acto, escucharon el ruido de los fusiles cayendo, uno a uno, al pie de los oficiales del Ejército. El Indio Bonet y Mariano Pujadas, por el ERP y Montoneros, eran los jefes del contingente que había quedado atrapado en el aeropuerto de Trelew. Ambos habían muerto en el supuesto motín nocturno de la base naval, al mando del capitán Sosa.
Casi como un acto reflejo, la gente comenzó a llegar a la sede de la Asociación Gremial de Abogados, el nucleamiento de abogados progresistas que denunciaba las torturas y daba asistencia gratuita a los presos políticos y a sus familiares. En la puerta, azorado, estaba el capitán Héctor Sandler, el hombre que había sido mano derecha de Pedro Eugenio Aramburu y, por una de estas cosas de la vida, había cruzado de vereda. Sandler –que ya entonces ejercía como abogado– tenía los ojos llorosos. La congoja le impedía hablar. Arriba, pálida, como ida, miraba por la ventana la madre de María Angélica Sabelli, militante del ERP, la más joven del grupo. Sabelli estaba en la lista mayoritaria, la de los dieciséis asesinados. Todavía era inimaginable que ese ametrallamiento colectivo, la entrada brutal celda por celda para rematar detenidos indefensos no fuese el punto culminante de la barbarie sino una muestra del gigantesco pogrom que se preparaba, sin prisa y sin pausa.
La directiva de la gremial tomó una decisión de urgencia. No había vuelos a Trelew. Alquiló una avioneta y designó a tres de sus miembros para hacer ese viaje terrible. Sólo recuerdo el nombre de dos: su presidente, Mario Landaburu, actual defensor de Casación, y Rafael Lombardi, el “Zambo”. Nos pidieron que fuéramos a buscarles una muda de ropa. Cuando llegamos con el encargo al aeroparque, la avioneta carreteaba. Volvimos a la Gremial, dejamos los bolsos en un locker de las oficinas y bajamos a tomar un café. En el bar nos dimos cuenta de que el centro era también un infierno. Las sirenas de los patrulleros y las de las ambulancias tapaban cualquier conversación. Debía ser, comentamos, el dispositivo de prevención frente a la previsible respuesta. Pasó una hora y decidimos regresar. Era el único lugar de Buenos Aires donde se podía estar ese 22 de agosto. Pero la Gremial no estaba más. Una bomba la había hecho volar por los aires.

 Eterna inocencia-Mártires de Trelew

 

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